Cuatro paradas y una coma

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Raimunda y tú sois las dos últimas personas que quedan en el Centro de Oficios Gráficos de Pacífico. La conserje ha cerrado la planta baja; el ascensor descansa con las puertas juntas y, detrás de la barandilla de la azotea, Madrid reduce sus ruidos a motores remotos y una sirena breve. No hace frío todavía. Tampoco sobra tiempo.

Sobre una mesa plegable descansa la carpeta de la traducción. Raimunda conserva el bolígrafo verde con el que corrige hasta las listas de la compra, aunque esta noche el capuchón permanece puesto. A sus cuarenta y uno, dirige talleres de escritura, publica novelas y convierte una duda gramatical en asunto de discusión. Tú, Uxía Pazos, tienes treinta y nueve, un criterio severo para las comas y una manera poco amable de detectar adjetivos de sobra.

—¿Cómo hemos llegado hasta aquí? —preguntas.

No es una pregunta decorativa. Tomas inventario cuando algo amenaza con salirse del margen: fecha, trayecto, error inicial, corrección posible. Raimunda apoya las manos en la barandilla y contempla las ventanas encendidas de los edificios cercanos.

—No sé... —deja el bolígrafo sobre la carpeta—. Pero no ha sido por accidente.

—Eso no responde nada.

—Es un comienzo.

Seis semanas antes, la residencia para traductoras de la Fundación ocupa la tercera planta de un edificio estrecho, con un portal que siempre huele a papel húmedo y lejía reciente. Tu habitación da a un patio interior. Tiene una cama de metal, una mesa con una esquina descascarillada y una lámpara de escritorio que vuelve azulada la piel de tus manos.

De lunes a viernes tomas el autobús 24 poco después de las ocho. Subes por la puerta delantera, validas la tarjeta y eliges, si está libre, el asiento junto a la ventana. El trayecto te permite ordenar el día antes de que empiece: responder dos correos, revisar una lista de voces, calcular cuántas páginas faltan para entregar cada encargo. Al bajar, compras café en una máquina que sirve líquido oscuro y exige monedas exactas. Te parece un sistema honrado.

Corriges pruebas bajo lámparas frías en una sala compartida con otras dos residentes. Nadie pone música. Solo suenan teclados, hojas al pasar y la impresora, que protesta cada vez que recibe un archivo largo. Conviertes frases castellanas en gallego sin obedecer a equivalencias cómodas. «Anda que no» no se vuelve automáticamente «vaia se non». Depende de quién lo dice, de dónde viene, de qué pretende evitar. Anotas tres opciones, descartas dos y mantienes la tercera hasta que otra frase la obliga a cambiar.

A media mañana llega una carpeta nueva a tu bandeja digital.

La portada provisional muestra un título que no reconoces: *Los días sin margen*. Debajo aparece el nombre de la autora.

Raimunda Fajardo.

El cursor sigue parpadeando. Tus manos permanecen sobre el teclado.

La universidad regresa con precisión innecesaria: una mesa de biblioteca ocupada por apuntes, una libreta llena de correcciones verdes, Raimunda explicando por qué una subordinada mal puesta puede arruinar una escena entera. Fuisteis amigas durante años. Ella era dos cursos mayor y discutía contigo sobre traducciones como si cada verbo tuviera consecuencias civiles. Después acabó la carrera, empezó a publicar, dirigió talleres. Tú te fuiste a Galicia y aprendiste a convertir la distancia en calendario.

Abres el archivo de la editorial. La novela empieza con una mujer que espera un autobús frente a una farmacia cerrada. La primera página contiene una frase que admite dos ritmos en gallego. En la segunda, Raimunda usa una expresión madrileña que no quieres limar hasta dejarla sin carácter. En la tercera aparece una coma que cambia el sentido de una confesión.

Podrías escribirle.

En la búsqueda de contactos, basta teclear Rai para que aparezca una dirección antigua, guardada desde una época en la que todavía mandabais archivos de madrugada y discutíais asuntos urgentes como el uso correcto de «solo». No abres el mensaje.

Redactas, en cambio, un correo para la coordinadora editorial.

«Adjunto primeras consultas de traducción. Agradeceré que se trasladen a la autora dentro del hilo de producción, para dejar registradas las decisiones.»

Relees la frase. Profesional. Limpia. Exacta.

Añades las preguntas una por una. Sobre el habla de Madrid. Sobre un cambio de registro. Sobre esa coma.

Luego pulsas enviar y vuelves a la primera página.

Por ahora, la editorial será el único lugar donde coincidan vuestros nombres.

Dejarlo registrado es una costumbre que aprendiste antes de tener edad para llamarla costumbre. Quizá por eso recuerdas aquella tarde con una precisión que no le concedes a cosas más útiles.

Tienes veintidós años. Raimunda, veinticuatro. Acabáis de terminar la carrera y ella ha quedado contigo en la estación de Méndez Álvaro antes de tomar un autobús hacia Extremadura. Te ha dicho que llevará una novela para el viaje y tú has contestado que llevas algo mejor.

En tu carpeta azul va la traducción al gallego de un cuento suyo. Catorce páginas. Has discutido contigo misma cada giro, cada repetición, cada frase que Raimunda escribió como si Madrid fuera una persona capaz de responderle. En la última hoja has dejado una nota breve: «Aquí mantuve el ritmo porque me parecía tuyo».

No es eso lo que quieres entregarle.

Quieres preguntarle si aceptaría salir contigo. Una cita. La palabra te resulta excesiva y, por ello, exacta. No como las cenas de estudiantes con veinte personas y cuentas mal divididas. No como las tardes de biblioteca en las que Raimunda te presta su bolígrafo verde y luego critica tus puntos suspensivos. Algo elegido por las dos.

Llegas con tiempo. Compras dos cafés de máquina y revisas por quinta vez la carpeta. La pantalla de salidas anuncia el autobús a Mérida a las diecinueve y diez, dársena doce.

A las dieciocho y cincuenta y seis, el panel cambia.

Dársena siete. Salida adelantada. Dieciocho y cincuenta y ocho.

Corres por el pasillo con los dos vasos inclinados en las manos. Uno derrama café sobre tu muñeca. No paras. La dársena siete queda al final, tras una columna cubierta de carteles de alquileres y cursos de idiomas.

El autobús ya no está.

Un empleado recoge papeles junto al bordillo. Le preguntas por el de Mérida. Te explica que ha salido hace menos de un minuto porque había plazas libres y el conductor debía recuperar tiempo en ruta. Señala la avenida, aunque no hay nada que señalar.

Miras el móvil.

Tienes un mensaje de Raimunda, enviado nueve minutos antes.

«Uxía, me ha llamado mi hermana. Tengo que irme ya por una urgencia familiar. Perdona. Te escribo cuando llegue.»

No añade fecha. No propone otro encuentro. Tú lees la pantalla hasta que se apaga y sostienes la carpeta contra el abrigo.

El café se enfría. La traducción vuelve contigo al piso compartido. Durante semanas corriges una palabra, guardas el archivo, vuelves a abrirlo. Raimunda escribe desde Extremadura dos días después: todo sigue revuelto, gracias por entenderlo, ya hablaremos. Tú contestas que no se preocupe, que no hay nada que entender.

Después aprendéis a escribiros menos. La distancia hace el resto con una eficacia que entonces confundes con orden.

La respuesta de Raimunda llega al día siguiente de tus consultas editoriales.

«Hola, Uxía. Me han pasado tus notas. Me alegra saber que eres tú quien está con el libro. Sobre la coma de la página tres: quiero una pausa, no una separación. Y gracias por no convertir a Casandra en una madrileña de postal.»

El cursor espera.

Redactas: «Estimada Raimunda: Gracias por las precisiones. Queda incorporado el criterio de puntuación. Respecto al registro, remitiré alternativas dentro del hilo de producción.»

No firmas con un abrazo. No preguntas por su familia ni por los años intermedios. Pulsas enviar.

A los pocos minutos llega otro correo.

«Kamren el viernes en La Dársena, cerca de Atocha. Después habrá vino malo y conversación peor. Si te apetece venir...»

Lees la fecha. Miras el calendario. No tienes ningún compromiso.

El jueves, cuando el autobús 24 te deja frente a la residencia, archivas la invitación sin responder. Mañana tomarás el mismo trayecto, a la misma hora. La distancia, te dices, conserva el orden.

El lunes, a las once y diecisiete, la coordinadora editorial te llama desde el otro extremo de la sala compartida. Habla con la claridad de quien ya ha comprobado tres veces que el problema existe.

—Uxía, no cierres ese archivo. En la prueba ciento treinta y seis ha desaparecido un «non».

Levantas la vista. En la pantalla sigue abierto el capítulo séptimo de *Los días sin margen*. Casandra está frente a la puerta de una casa que ya no reconoce como suya.

—¿Qué versión?

—La que iba a imprenta. Raimunda quiere revisarla contigo. Nos han dado hasta esta tarde.

Abres la maqueta. El original castellano dice: «No me voy porque te quiera menos, Casandra. Me voy porque he aprendido a pedir permiso hasta para dormir». En la prueba gallega aparece: «Marcho porque te quero menos, Casandra». Una negación perdida. Un verbo cambiado. La salida de Casandra deja de ser una decisión amarga y se vuelve una crueldad simple.