Cuatro paradas y una coma

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No basta con devolver una palabra a su sitio. Hay que revisar la frase entera.

Imprimes las páginas afectadas, guardas tus notas y respondes que estarás allí a las tres. No preguntas por qué Raimunda ha pedido verte en persona. La coordinadora tampoco ofrece explicaciones.

A las dos y veinte tomas el 24.

El autobús llega lleno, pero consigues un asiento junto al pasillo. Cuentas las paradas porque contar sirve para no ensayar conversaciones. Primera: una mujer con una bolsa de farmacia baja deprisa. Segunda: suben dos empleados con acreditaciones colgadas al cuello. Tercera: el conductor frena ante un coche mal aparcado y dice algo que no alcanzas a distinguir. Cuarta: Pacífico.

Bajas con la carpeta bajo el brazo.

El Centro de Oficios Gráficos conserva la fachada de ladrillo y las ventanas altas de cuando todavía imprimían periódicos allí dentro. Ahora alberga talleres, oficinas editoriales y salas que reciben nombres funcionales: composición, encuadernación, pruebas. En recepción te dan una tarjeta provisional y te indican el ascensor.

La sala de composición está al final de un pasillo con suelo de linóleo gris. Hay mesas de luz, pantallas apagadas y paquetes de papel apilados contra una pared. Raimunda espera junto a una de las mesas, con una copia de las pruebas abierta delante de ella. Lleva el bolígrafo verde en la mano derecha.

No se acerca.

—Hola, Uxía.

—Hola, Raimunda.

Te señala la silla frente a la suya.

—Pensé que quizá no vendrías.

—Hay una negación extraviada. No suelo dejar esas cosas sin atender.

—Eso también lo recuerdo de ti.

No mencionas la universidad. No todavía. Dejas la carpeta sobre la mesa y sacas tu ejemplar. Raimunda observa la página treinta y dos, no la ciento treinta y seis.

—Esta coma es tuya.

Miras el margen.

—¿Cuál?

—La que has movido antes de «pero». La que evita que Casandra parezca disculparse por hablar claro.

—Mi nombre estaba en los correos.

—Lo sé. Digo que habría sabido que eras tú aunque no estuviera.

Te sientas. Raimunda hace lo mismo, con un cuidado que no parece timidez ni distancia completa. Algo calculado. Una forma de dejarte elegir el ritmo.

—La coma no es una firma —dices.

—No. Es una costumbre.

—Eso suena peor.

—Dirijo talleres. He empeorado.

La frase consigue que sueltes una risa breve, contra tu voluntad y sin consecuencias graves. Raimunda baja los ojos al papel, como si te hubiera concedido más de lo previsto.

Trabajáis primero en la errata. Ella lee el original en voz normal, sin adornarlo. Tú comparas las dos versiones y marcas los cambios con lápiz azul.

—No basta con reponer «non» —dices—. Si dejamos «te quero menos», Casandra afirma algo que no existe en castellano.

—En el original está el subjuntivo.

—Porque ella rechaza que su marcha sea un reproche.

Raimunda coloca el capuchón del bolígrafo sobre la mesa.

—Eso era importante.

—Por eso estamos aquí.

La corrección queda así: «Non marcho porque te queira menos, Casandra. Marcho porque aprendín a pedir permiso ata para durmir». Lees la frase dos veces. Raimunda la lee una tercera.

—«Ata para durmir» funciona —dice.

—No es una frase cómoda.

—Casandra no suele elegir la comodidad.

—Tú tampoco.

Raimunda tarda un segundo en responder.

—Supongo que eso también lo recuerdas.

La coordinadora entra poco después con una carpeta de producción y una expresión que anuncia calendarios. La imprenta necesita el texto final en dos semanas. Son diez capítulos. Diez tardes disponibles si queréis revisar cada uno sin volver a depender de correcciones cruzadas a última hora.

Raimunda mira el plan de trabajo. Luego te mira a ti.

—Podemos hacerlo juntas.

La propuesta tiene una forma profesional. Horarios, capítulos, versiones registradas. Aun así, notas que podrías rechazarla y regresar a la residencia con tu orden intacto.

—¿Cuándo?

—De cinco a siete. Aquí. Un capítulo cada tarde.

—Diez tardes seguidas.

—Con los fines de semana fuera, sí.

Revisas mentalmente tus encargos, los plazos de la Fundación, las horas del 24. Todo cabe, aunque tendrás que mover dos reuniones y renunciar a una cena con las otras residentes.

—De cinco a siete —repites—. Cada una llega con sus marcas preparadas. Los cambios se envían en copia a producción.

—De acuerdo.

—Y solo trabajamos el texto.

Raimunda asiente una vez.

—Solo el texto.

Miras el bolígrafo verde junto a su mano.

—Hay otra condición.

—Dímela.

—No vamos a convertir el pasado en un juicio. Ni tú tienes que defender aquella tarde, ni yo voy a redactar una sentencia sobre ella.

Raimunda no toca el bolígrafo.

—Acepto.

—Si una de las dos no puede cumplirlo, se detiene el trabajo conjunto.

—También acepto eso.

La coordinadora anota los horarios. Raimunda toma su bolígrafo y escribe en el calendario: «Capítulo uno. Martes. 17:00». Te pasa la hoja.

—Mañana, entonces.

—Mañana.

No reparáis nada. No resolvéis lo que quedó suspendido durante años. Solo dejáis fijada una hora concreta, una sala concreta y diez capítulos en los que volveréis a coincidir.

Mañana llegas a las cuatro y cincuenta y dos con el capítulo primero marcado en azul. Raimunda ya ha encendido las mesas de luz. No comenta que has llegado antes. Tú tampoco comentas que ella trae café de máquina para dos.

El acuerdo funciona porque tiene bordes claros. De cinco a siete revisáis un capítulo. A las siete se envían los cambios a producción. Después cada una decide qué hacer con su noche.

Durante los primeros días, discutís como antes, aunque ahora sabéis esperar el turno de la otra.

—Aquí Casandra dice «no me des la chapa» —señala Raimunda en el capítulo tercero—. No quiero que suene como una frase puesta para explicar Madrid.

—Y yo no quiero dejarla intacta como si el gallego fuera un visitante en su propio libro.

—¿Qué propones?

—«Non me deas a lata, que xa che entendín». Mantiene el fastidio. Cambia el suelo.

Raimunda lee la frase varias veces.

—Pierde barrio.

—Gana persona.

Ella coloca el bolígrafo verde junto al margen.

—Eso ha sonado ofensivamente razonable.

—Es mi método de trabajo.

Conserváis algunas palabras cuando pertenecen a una escena concreta: el nombre de una plaza, una forma de pedir una caña, el modo en que la madre de Casandra llama a las vecinas desde la ventana. Otras las llevas al ritmo gallego sin pedir disculpas. «Menuda movida» se convierte en «boa lea». «Se te ha ido la olla» encuentra una salida distinta. Raimunda aprende a distinguir cuándo defiendes una frase y cuándo solo quieres llevarle la contraria.

—Lo segundo ocurre más de lo que admites —dice el jueves.

—Lo primero también.

Al terminar el cuarto capítulo, el centro empieza a vaciarse alrededor de vosotras. Las oficinas apagan pantallas. Alguien arrastra una caja por el pasillo. Raimunda guarda sus pruebas y pregunta si tienes prisa.

No la tienes. Solo un autobús que llegará de todos modos.

Cenáis en un bar pequeño frente a una tienda de repuestos cerrada. Hay mesas de fórmica, vasos bajos y una carta escrita con rotulador negro. Pides tortilla y agua. Raimunda pide lo mismo después de declarar que no copia elecciones ajenas.

—Eso sería impropio de una autora con dos novelas publicadas —dices.

—Tengo tres.

—Ves. La fama ya te está afectando.

La costumbre aparece sin ceremonia. Sobre la servilleta, Raimunda anota una frase que ha oído en la mesa vecina. Tú corriges una coma. Ella protesta. Tú le recuerdas que una coma no necesita permiso para existir.

En la universidad hacíais algo parecido. Os sentabais en cafeterías demasiado ruidosas, leíais carteles mal redactados y decidíais qué delito merecía cada error. Ahora Raimunda conserva el mismo gesto de tapar el bolígrafo antes de guardarlo. Tú sigues doblando las esquinas de los recibos para que quepan en la cartera.

La séptima tarde llegáis a una escena en la que Casandra espera un autobús que no toma.

Raimunda deja el texto sobre la mesa.

—Quiero explicarte lo de Méndez Álvaro.

Miras el reloj. Son las seis y cuarenta y uno.

—Habíamos acordado trabajar solo el texto.

—Lo sé. Pero esto afecta a cómo lees algunas cosas.

No respondes enseguida. La frase de Casandra sigue abierta entre las dos: una mujer con una maleta, una salida que parece abandono desde fuera.

—Cinco minutos —dices.

Raimunda acepta.

—Mi hermana tuvo una reacción grave a una medicación. Mi madre me llamó desde Extremadura sin saber qué hacer. Salí en ese autobús porque pensaba que podía perderla.

El bolígrafo verde permanece inmóvil sobre el papel.

—No fue grave al final. Pasó semanas entrando y saliendo de consultas, y yo me quedé allí más tiempo del previsto. Todo se volvió pequeño: las llamadas, las fechas, los mensajes pendientes.

—Me escribiste dos días después.

—Sí. Y tú dijiste que no había nada que entender.

—Porque no sabía qué más poner.

—Yo lo leí como una puerta cerrada.

La precisión de esa frase te irrita porque se parece demasiado a la tuya.

—Interpreté tu ausencia como una respuesta completa —dices—. No sabía que ibas a contarme nada importante. Pero creí que si hubieras querido verme, habrías vuelto a buscarme.