Cuatro paradas y una coma

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Raimunda baja la vista al manuscrito.

—Quise hacerlo.

—No lo hiciste.

—No.

No intenta convertir su demora en una virtud. Eso, por algún motivo, te permite seguir sentada.

—Después me fui a Galicia —dices—. Empecé a aceptar encargos. Tenía horarios, entregas, trenes. Era fácil decirme que todo estaba resuelto.

—No lo estaba.

—No. Pero parecía más ordenado.

Raimunda toma el bolígrafo y lo gira entre los dedos.

—No te pido que cambies lo que pensaste de mí.

—Menos mal. Me llevaría bastante tiempo redactar la revisión.

Ella suelta una risa breve.

—Eso sí lo recuerdo.

Los cinco minutos se convierten en doce. Luego volvéis a Casandra y a su autobús. No solucionáis la universidad. Solo dejáis de tratar aquella tarde como si tuviera una única versión autorizada.

En los días siguientes, el acuerdo adquiere una cláusula nueva que ninguna escribe: se puede preguntar, siempre que la pregunta tenga forma concreta.

Raimunda te pregunta si acabaste entregando aquella traducción de su cuento.

—La mandé a una revista pequeña. La rechazaron con una carta bastante amable.

—Qué error editorial.

—No exageres. Era mi primera traducción.

—Precisamente.

Tú le preguntas si conserva algo de aquella época.

—Una carpeta con fotocopias y tus notas sobre una novela de Galdós.

—Eso debería destruirse.

—Jamás. Eran crueles y muy precisas.

El noveno día compartís una cena de sopa y pan. Raimunda te cuenta que sigue usando algunas frases tuyas en sus talleres, aunque nunca dice de quién las aprendió. Tú le dices que eso roza el plagio.

—Es homenaje docente.

—Es apropiación con matrícula.

Al acabar el último capítulo, dos tardes después, la versión final ocupa la pantalla de la mesa de luz. Producción confirma que tiene todos los cambios. Raimunda revisa por última vez la página donde Casandra decide marcharse sin pedir perdón por existir.

Tu móvil vibra.

El correo viene de una cooperativa editorial de Ourense. Te ofrecen un puesto estable de coordinación de traducciones. Contrato indefinido. Oficina propia. Un sueldo que no exige calcular cada café de máquina.

Lees el mensaje dos veces.

—¿Pasa algo? —pregunta Raimunda.

Le enseñas la pantalla.

—Ourense.

Ella tarda un momento.

—Es una buena oferta.

—Es el trabajo que llevo años diciendo que quería.

—Entonces tendrás que pensarlo en serio.

No añade nada más. No te pide que rechaces nada. Esa ausencia de presión resulta más difícil de manejar que cualquier argumento.

—La lectura pública es el sábado —dices—. Voy a responder después.

—¿Por qué?

Miras el último capítulo, las marcas verdes y azules, la frase que ya no pertenece del todo a ninguna de las dos.

—Quiero oír la traducción en voz alta antes de decidir qué hago con mi vida.

Raimunda coloca el capuchón en su bolígrafo.

—Me parece una razón suficiente.

Guardas el correo sin contestar. El futuro queda aplazado hasta el sábado. No es una decisión. Pero ya tiene fecha.

El sábado, la sala de actos se llena lo justo para que cada silla ocupada parezca una decisión. Raimunda lee primero un fragmento del original. Tú sigues con la versión gallega. Casandra espera el autobús frente a la farmacia cerrada, cuenta los coches que pasan y decide que no volverá a pedir permiso por vivir a su manera.

En la segunda fila, la coordinadora editorial toma notas. Cerca de la puerta, una mujer pregunta por qué habéis conservado ciertos nombres, ciertas vueltas madrileñas, ciertos bordes del habla.

—Porque una ciudad no se traduce quitándole las marcas —responde Raimunda.

Tú añades:

—E porque unha lingua tampouco pide permiso para entrar nun libro.

Hay aplausos. Raimunda gira la cabeza hacia ti y levanta el bolígrafo verde, como si acabara de aprobar una corrección.

Después firma ejemplares. Tú hablas con dos asistentes que quieren saber por qué elegiste «boa lea» para una expresión concreta. Respondes con precisión. Cuando la última mesa queda recogida, el personal empieza a bajar las persianas metálicas de la planta baja. El sonido sube por el edificio, seco y definitivo.

La coordinadora se despide desde el ascensor.

—El lunes cerramos la última versión.

Raimunda sostiene la carpeta contra su costado.

—¿Subimos?

No preguntas adónde. La sigues.

La azotea conserva la mesa plegable, la barandilla y la carpeta que hace seis semanas parecía un asunto de producción. Las luces de Madrid ocupan las ventanas vecinas. Sois las dos últimas personas que quedan en el edificio.

Recuerdas la pregunta que hiciste aquí.

—Ahora sí puedo responderla —dices.

Raimunda espera.

—Hemos llegado por cuatro paradas, una errata y diez tardes de trabajo.

—También por un autobús que salió antes de hora.

—Eso fue una desgracia logística.

—La logística tiene bastante responsabilidad en nuestras vidas.

Te apoyas en la barandilla. Raimunda deja el bolígrafo sobre la carpeta, pero no lo suelta del todo.

—Casandra nace de la amiga que dejé marchar —dice.

No respondes enseguida.

—No eres tú entera. No podría escribirte así. Pero empecé la novela pensando en alguien a quien no llamé cuando debía, alguien a quien dejé entender demasiado sola lo que había pasado.

—Podrías haberme dicho esto hace años.

—Sí.

No busca una defensa mejor. Eso importa.

—Cuando vi tu nombre en los correos, pensé que quizá podría trabajar contigo sin pedirte nada más. Luego empezamos a revisar el libro y entendí que seguía haciendo lo mismo: dejar que las cosas dependieran de una circunstancia.

—Una imprenta pierde un «non» y de pronto tienes una revelación moral.

—No fue elegante.

—No.

Raimunda sonríe, breve y seria a la vez.

—No quiero que te quedes en Madrid por mí. Tampoco quiero usar esta novela para que me perdones.

—No aceptaré una historia hecha solo de arrepentimiento.

—No te la ofrezco.

La frase llega sin adornos. Te resulta más fiable que cualquier declaración extensa.

—Aceptaré el trabajo de Ourense —dices—. El lunes responderé que sí.

Raimunda cierra los ojos un instante, luego vuelve a abrirlos.

—Me alegra por ti.

—Pero quiero una vida que empiece con decisiones concretas. No con nostalgia bien redactada.

—Dime cuáles.

—Viajaré a Madrid una vez por semana. Los viernes, si los horarios lo permiten. No para comprobar si seguimos aquí, sino porque quiero estar contigo.

Raimunda deja por fin el bolígrafo.

—Y yo reservaré tiempo para ir a verte. El primer fin de semana de cada mes no habrá talleres, ni presentaciones, ni excusas editoriales. Iré a Ourense.

—¿Y si una semana no podemos?

—Lo diremos. No desapareceremos dentro de nuestros calendarios.

Asientes.

—Eso parece un acuerdo razonable.

—Es lo más romántico que he dicho en años.

—No exageres. Has publicado tres novelas.

—Cuatro, ahora.

—Peor todavía.

Raimunda da un paso hacia ti y se detiene.

—Hay una decisión que no cabe en una agenda.

La entiendes antes de que continúe. Aun así, esperas.

—Quiero besarte, Uxía. ¿Puedo?

Diecisiete años no se resuelven con una respuesta. Pero tampoco necesitan seguir gobernando cada minuto.

—Sí. Quiero.

Raimunda se acerca despacio. Te besa con cuidado primero, como si ambas estuvierais comprobando la puntuación de una frase difícil. Luego respondes sin corregir nada. El pasado no desaparece. La estación, la carpeta azul, los correos demasiado breves: todo sigue existiendo. Pero ya no dicta el orden de lo que viene.

Cuando se aparta, Raimunda pregunta:

—¿Está bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí. Y no quiero que conviertas esto en una metáfora de talleres.

—Haré un esfuerzo.

—No lo hagas demasiado grande.

Bajáis por las escaleras porque el ascensor ya está detenido. En la calle, Raimunda te lleva hasta su apartamento sin apresurar el paso. Frente a la puerta, vuelve a preguntarte si quieres subir.

—Sí —dices.

La puerta se cierra detrás de vosotras. La noche continúa del lado que habéis elegido.

A la mañana siguiente, la mesa de Raimunda tiene dos tazas, el portátil abierto y la nueva versión de la traducción. No revisáis el libro entero. Solo la página tres.

Raimunda señala la frase.

—La coma después de «menos», antes de «Casandra».

—La dejamos.

—¿Aunque dé una pausa demasiado larga?

—No separa a Casandra de lo que se le está diciendo. Le concede el tiempo justo para entenderlo.

Raimunda considera la frase. Luego pulsa guardar.

La coma queda donde debe: no para detener la historia, sino para permitir que continúe.